Al preguntarnos nosotros sobre el origen de las cosas y del mundo, con mucha frecuencia acuden a nuestra mente cuestiones de muy distinto tipo, nos asaltan a nuestro pensamiento ideas, más o menos vagas, más o menos concretas, sobre nuestro propio papel y sobre la razón de nuestra existencia. La persona humana es un ser que sostiene sus visiones de mundo con base en sus propias experiencias; por lo cual, en el evento de presentarse ante sucesos que no pueda comprender, debe completar su cosmovisión mediante el empleo de la racionalidad y, en su defecto, de otros criterios de juicio que le permitan un sentimiento básico de seguridad. Como la racionalidad estricta no puede solucionar de una forma indubitable y completa todas las interrogantes que se suscitan en la consciencia del humano, este no tiene más remedio que adscribirse, en determinados casos, a la tradición y a las aserciones que externan otros seres humanos con mayor “reconocimiento social” (figuras de autoridad).
No obstante, en ocasiones el recurso a la tradición y a la autoridad puede ser engañoso y hasta perjudicial a los efectos del avance de los conocimientos humanos. Ello especialmente cuando se tiende a aceptar sin ningún cuestionamiento los criterios que son esbozados desde estas fuentes. La posibilidad de controvertir las propias conclusiones, a pesar de que estas sean muy cómodas y sugerentes para nosotros, es el criterio distintivo de toda epistemología racional que quiera situarse a la altura de los tiempos actuales. Ya desde tiempos de la Ilustración europea se vienen sosteniendo y fomentado las corrientes filosóficas críticas de los postulados de la tradición, la autoridad y la revelación; con distinto resultado en los distintos contextos y épocas. El empirismo inglés del siglo XVIII planteó críticas aún más acerbas: defendía inclusive la inadmisibilidad de la razón por sí sola para resolver los problemas planteados en la filosofía del conocimiento. Como adelantamos, en determinados contextos geográficos se evidenció una actitud más reticente y combativa contra toda aquella creencia y filosofía en extremo especulativa y dogmática, basta recordar el precedente marcado por la Revolución Francesa. En otras latitudes ha habido una actitud más bien reacia y reticente a implementar el pensamiento racional y autocrítico; como por ejemplo en aquellos contextos dominados por estructuras religiosas o donde aún prevalecen anacrónicas tiranías y principados. El mismo siglo XX estuvo marcado por intolerancias de este tipo: España, Portugal, la Alemania nazi, los Estados Unidos de América, entre otros.
Ahora bien, quisiera hacer énfasis en el dato de que nuestro medio, nuestra vida como ciudadanos costarricenses, no está exenta de tales falacias institucionalizadas y de la pretensión oficial solapada de considerarnos como objetos y no como sujetos de Derecho. A ello contribuyen nuestras propias raíces sociohistóricas: la cultura costarricense ha sido siempre pasiva y grandemente voluble, sujeta a los múltiples vaivenes y a los caprichos de quienes detentan el poder en sus múltiples formas. En Costa Rica, todos los sectores poderosos intentan controlar a la población, mantenerla sumisa y a raya, y de hecho lo logran en múltiples ocasiones. Existe toda una serie inimaginada de creencias profundamente arraigadas en el inconsciente colectivo costarricense, cuyo grado de penetración en las mentes es tal, que parecen destinadas a permanecer a perpetuidad: que somos la Suiza centroamericana, que somos el país más pacífico del mundo, que tenemos una democracia perfectas, que la Virgen de los Ángeles bajó y al cielo jamás regresó, que todo aquel que no apoye a la Selección no es un patriota, que los adherentes al comunismo o a las tendencias socialistas son del diablo, entre otras muchas sutilezas y lindezas por el estilo. Indudablemente, con ello se intenta desprestigiar de antemano a todo aquel oponente, a todo aquel que sostenga una opinión contraria; y de paso inmunizarse ante la crítica. Ante la disidencia, los recursos tradicionales y más fáciles de todos han sido la descalificación, la intolerancia y los ataques personales. Todo aquello que no nos parece es calificado como “subversivo”, como “intransigente”, como “violento”, con grave desmedro del respeto que se le debe a cada persona en razón de su sola condición de ser humano.
El estado general del conocimiento humano solo podrá ser cada vez mejor si, a la par de ser más sabios, somos cada vez más tolerantes y respetuosos. No debemos olvidar aquellas grandes lecciones que ya nos legaban los clásicos maestros griegos: con la mayéutica, es decir, con el debate racional y sustancioso es que podemos llegar a la “verdad”, si nos es lícito hablar de tal. Y tampoco podemos perder de vista las lecciones de las distintas filosofías contemporáneas: la única manera de llegar a posibilitar la vida en sociedad es mediante un acuerdo básico intersubjetivo en el cual se limen las asperezas más groseras que estén imposibilitando la coexistencia. Acuerdo que debe partir siempre del respeto y reconocimiento de la personalidad del otro, so pena de convertirse en tiránico y despótico.
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