viernes, 22 de octubre de 2010

Diferencias entre los seres humanos y los homínidos

Tanto los seres humanos como todos aquellos animales que nosotros conocemos indistintamente con el poco preciso nombre de “monos”, y dentro del cual se incluyen gorilas, orangutanes y chimpancés; pertenecemos a la familia hominidae. Los homínidos por tanto, incluyen a los propios seres humanos así como a algunos de los llamados grandes simios; y están caracterizados por algunos rasgos distintivos: la mayoría son ágiles para trepar a los árboles, son omnívoros, conforman las más complejas redes sociales y tienen un comportamiento sexual elaborado que no necesariamente está sujeto a fines reproductivos. En cuanto a sus características morfológicas coincidentes, los homínidos son los primates más grandes, con un peso que oscila de 48 kg a 270 kg; tienen numerosas diferencias con respecto al esqueleto de los otros primates, especialmente relacionadas con su porte vertical; tienen asimismo cerebros relativamente grandes y complejos. Y aunque ya esta no puede predicarse como una característica que esté referida a todas las categorías de homínidos, en un inicio se consideró que un elemento distintivo de esta familia consistía en su carácter de animales bípedos, es decir, la habilidad para sostenerse y caminar con solo dos extremidades; lo cual liberó a las manos para el desarrollo del ingenio y de la laboriosidad.

Sobresalen de la misma forma algunas notables diferencias entre seres humanos y homínidos; pues no debe perderse de vista que la especie humana es solo: una de las tantas especies de la familia homínida, y en cuanto tal, tiene características que verdaderamente la individualizan y la apartan de las otras variedades de primates. Algunas de las principales podemos pasar a describirlas a continuación: los huesos y los músculos del homo sapiens son mucho menos fuertes y pesados que los del resto de los grandes simios, probablemente en consideración de que los humanos, gracias a la invención y al uso de las máquinas, se vieron librados de algunos esfuerzos físicos a los que continuaron sujetos los demás primates. Además de ello, la piel de la especie humana se hizo menos resistente y adaptable a la exposición a la luz solar y a sus radiaciones; y el pelo del cuerpo de muchos seres humanos se empezó a caer paulatinamente, presumiblemente debido al continuo uso de ropajes. En efecto, el pelo de los seres humanos es en general muy poco tupido si se lo compara con el de los otros homínidos, los cuales precisamente tiene una gran cantidad de elementos pilosos en su espalda (completamente al contrario de lo que ocurre con el hombre).

Como algunas diferenciaciones un poco curiosas entre los humanos y los homínidos, encontramos que estos últimos no experimentan un crecimiento sostenido del pelo de su cabeza y de las uñas de sus pies y manos. En los seres humanos, por contrapartida, si bien tales extensiones corporales crecen a un nivel prácticamente imperceptible, se trata este de un proceso que bien podría dilatarse por toda la vida. Una capacidad típicamente humana es la del habla: en las personas, se ha producido un interesante fenómeno, cual es el de que la laringe ha caído a una posición más baja que la que se encuentra en los grandes simios, casi a nivel de la tráquea, lo que ha facilitado a los seres humanos el reacomodo de los sonidos guturales de los primates en pequeñas unidades del habla que poco a poco dan pie al surgimiento de un lenguaje articulado. Bastante enigmática es la cuestión que se presenta con las semejanzas y diferencias genéticas entre homínidos y humanos: a pesar de que el genoma del homo sapiens difiere en solo un 1% del de los chimpancés y en un 2% del de los gorilas, los seres humanos tienen una cantidad menor de cromosomas que los monos. En efecto, los humanos cuentan a su haber solo 46 cromosomas, pero todos los demás grandes simios tienen 48 de ellos. Ello es bastante curioso, y hasta cierto punto se ha intentado hacer ver este dato como una crítica directa a las tesis evolucionistas de Darwin: si es cierto que toda la dinámica de la evolución está encaminada hacia el mejoramiento y la ulterior perfección de la especie, ¿cómo es posible que en este caso más bien haya acaecido una involución? Para contestar de manera lógica y razonada esta interrogante, lo que no debemos perder de vista es que en ningún modo Darwin afirmó nunca que el ser humano había descendido de alguno de los grandes simios por línea directa. Realizando un somero análisis de la cuestión, sostener eso sería un grosero sinsentido, puesto que si los hombres derivasen directamente de algún “mono” por la vía de la evolución, “monos” ya no existieran. Lo que Darwin postuló es que no el hombre no fue creado como tal, sino que evolucionó a partir de otros antropoides emparentados con algunos de los simios actuales.

Sin desmedro de todo lo expuesto, personalmente considero que lo hace al ser humano como una especie en verdad sui generis es su capacidad de consciencia, de darse cuenta de su misma existencia y de poder determinar toda su vida y sus actos en conformidad. No se conoce en todo el mundo biológico un solo ser, aparte del humano, que pueda percatarse de que existe y que puede comprender las cosas. Que se dé cuenta que puede amar y que puede sentir, que puede desarrollar elevados estados de consciencia; pues aunque es evidente que cualquier animal puede sentir y puede amar, ninguno se da cuenta de ello ni reflexiona sobre sus propias vivencias. El ser humano sí puede hacerlo, y por ello él es el ser consciente de la creación; por esta misma razón ha sido llamado por los científicos el homo sapiens sapiens: “el hombre que sabe que sabe”.

domingo, 17 de octubre de 2010

ZEITGEIST II: LA CRISIS COMO CRISIS DE CONSCIENCIA

«Podemos tener democracia en este país o riquezas concentradas en pocas manos,
pero no ambas cosas a la vez.»

La estructura socio-económica sobre la cual está asentada este mundo capitalista de inicios del siglo XXI, está signada y acechada constantemente por contradicciones internas, insalvables en sí mismas. Ello, en el contexto de la evolución histórica del “capitalismo avanzado”, no es un fenómeno para nada nuevo; pues las profundas incoherencias de esta propuesta ideológica se comenzaron a ver poco después de su nacimiento como pensamiento organizado, y ya para los primeros años del siglo pasado, se patentizó su definitiva insostenibilidad. En las dos últimas décadas, no obstante, a pesar de los múltiples fracasos históricos de este sistema político-económico institucionalizado; se nos intenta cada día más hacer ver que no hay otra vía, otra solución posible, que la historia ha demostrado estar predestinada al triunfo del modelo acuerpado por los mismos voceros de este mensaje.

En lo personal, resalto como algunas ideas valiosas de la segunda parte del filme Zeitgeist, el que se halle dirigido a desmitificar algunas concepciones que ya se dan por sentadas en nuestro mundo, que son aceptadas sin ninguna clase de crítica o cuestionamiento, llegando verdaderamente a compenetrarse y a conformar, junto con el inconsciente colectivo, una sola cosa. En particular, es harto sugerente la tesis de que las estructuras económicas imperantes utilizan el sistema monetario precisamente para deprimir la capacidad de la población de ajustarse a la realidad y de vivir bien. El sistema monetario crea ilusiones falsas: en la práctica, se inventa el dinero de la nada y con ello somete a la población a círculos inflacionarios inimaginados, a desastrosas crisis económicas y a la creencia pueril de que tiene dinero y de que puede comprar y hacer lo que quiera. La estrategia de los bancos, de los gobiernos y de las demás entidades financieras, es en extremo ingeniosa, mas no por ello bienintencionada: estos agentes harán siempre todo lo posible para que la cantidad de dinero que deba el público sea siempre mayor a la cantidad efectiva de dinero en circulación. Por cada depósito bancario, se crea una cantidad de nueve veces el valor depositado, cantidad irreal que asume la forma de un pasivo. Así las cosas, llegamos a comprobar que la deuda es uno de los instrumentos por excelencia para esclavizar a las sociedades, y los intereses su munición principal.

Pero los instrumentos de influencia y de especulación de índole económica, no son las únicas estratagemas utilizadas por los ideólogos y prácticos del sistema en el que nos desarrollamos. Cuando tales sombríos personajes encuentran reacción social a sus proyectos, o cuando otros pensadores han defendido con argumentos convincentes vías de acción alternativas, a aquellos no les queda otra opción que acudir a mecanismos poco diplomáticos, como la influencia política o inclusive la intervención armada en los asuntos internos de otros países y en las decisiones soberanas de sus pueblos. Ejemplos no faltan: el documental nos muestra los pertinaces derrocamientos del presidente iraní Mohammad Mosaddegh (1953), del mandatario guatemalteco Jacobo Arbenz (1954), del presidente ecuatoriano Jaime Roldós (1981) y del líder panameño Omar Torrijos (también en 1981). Se nos narra igualmente el intento de deposición, en 2002, de Hugo Chávez, Jefe de Estado venezolano elegido por la vía de las urnas, quien ha sido sometido a una multimillonaria y falaz campaña de desprestigio en su contra, con el claro cometido de desestabilizar su gobierno. En este punto, bien pudiéramos pasar a engrosar el repertorio de arbitrariedades con cientos de ejemplos más, pero baste con exponer el brutal asesinato del presidente chileno Salvador Allende Gossens, en 1973, directamente orquestado por la CIA, por la compañía internacional de telecomunicaciones ITT y por nada menos que Henry Kissinger, Premio Nobel de la Paz 1973.      

En todos los puntos señalados mi parecer coincide con el prohijado por el filme de comentario; no obstante, quiero externar una ligera discrepancia en relación con otro de los aspectos que se mencionaron en la película. Se nos postula por los editores que el verdadero don que tenemos los seres humanos es la tecnología, que es precisamente el avance tecnológico lo que libera al ser humano y coadyuva al mejoramiento de su calidad de vida. Lógicamente mi objeción no se dirige de ningún modo a sostener que la sistematización de la ciencia y la tecnología no sea idónea para fortalecer la calidad de vida para el ser humano, defender ello sería en verdad un craso desatino. Pero para mí, el fin del ser humano es más trascendental, es el de alcanzar un estado de felicidad completa, de paz con todas las demás criaturas del mundo; y lograr llegar a ese estado es relativamente independiente del concreto desarrollo científico y tecnológico del mundo que nos rodea. Eso al menos es lo que pienso hoy.  


lunes, 11 de octubre de 2010

¿Se arrepintió el abogado del diablo?

La película “El abogado del diablo” narra un relato en el que se explora la vida de un flamante abogado estadounidense, Kevin Lomax, famoso porque en toda su carrera profesional no ha perdido un solo caso. Lomax es brillante en un ámbito reducido y cuasi pueblerino; no obstante, con prontitud se expande su gran talento para la defensa de algunos sujetos sospechosos de importantes delitos, consiguiendo absolverlos incluso cuando los pronósticos son muy reservados. La fama que empiezan a generar las habilidades del joven abogado, provocan que rápidamente reciba importantes y atrayentes ofertas de empleo, circunstancia esta que va a iniciar a confrontarlo con dilemas éticos acuciantes y de no insospechadas repercusiones.

Le ofrecen a Lomax una importante posición en una gran firma de abogados de Nueva York, famosa no precisamente por su espíritu caritativo o por asumir la defensa de causas “honorables”. El prominente jurista debe empezar por trasladar a su esposa hacia una metrópoli desconocida para ellos, lo que implica un desarraigo total para ella, quien no está de acuerdo con un cambio tan intempestivo. La madre de Lomax, una cristiana entusiasta, sugiere que la ciudad de Nueva York es la representación por antonomasia del pecado en la tierra, la “nueva Babilonia” de nuestros tiempos. Estos intentos de disuasión por parte de su entorno más cercano no surten efecto de cara al abogado, quien se decide finalmente por aceptar la propuesta. Ya en la gran firma, Lomax es atraído por algunos ofrecimientos que cualquier otra persona calificaría como antiéticos, y su vida personal y profesional empieza a experimentar problemas. Poco a poco termina siendo seducido por su jefe, John Milton, quien logra trasladarlo al final hacia su propio reino. Pero en el epílogo de la trama llega a descubrirse que el Milton, el manager de la corporación, es el mismo diablo, y Lomax es su hijo.

Existe una escena del filme que, en lo personal, me llama mucho la atención: cuando la madre de Kevin narra la manera en que conoció a John Milton, con quien engendró al hijo de ambos. Relata ella que le impresionó que Milton  conociera la Biblia prácticamente de memoria. Para el diablo, naturalmente, era una manera de cortejarla, pero personalmente considero que la madre de Kevin tomó este hecho como una importante manifestación de religiosidad de parte del hombre que acababa de conocer. Este simple evento, constituye un indicativo relevante a efectos de pasar a considerar que las nociones de bien y mal son intercambiables, en buena medida, según la óptica desde que se las mire: la señora Milton consideró que el sujeto al que conocía era muy piadoso por el único dato de su conocimiento bíblico (al igual que lo harían muchas personas de hoy), pero estaba completamente “equivocada”.

A pesar de todas las inenarrables tribulaciones y peripecias que se originaron en la vida de Lomax a partir de que él empezó a aceptar ofertas poco convencionales, estimo que en el clímax de los acontecimientos, él no experimentó sentimientos de culpa o de arrepentimiento. Lo que externó fue una simple sensación de derrota y decepción, como cualquier hombre escéptico en el mundo lo haría. Tómese en cuenta de que a lo largo de toda la trama, el connotado abogado de que tratamos mostró muy pocos visos de ser un creyente fanático o un adepto asiduo de algún grupo confesional. Por ende, me parecería impropio y desajustado a la realidad, el calificar que el comportamiento de Lomax hacia el telón de las actuaciones, constituya lo que en teología se ha dado en llamar una “expiación”: una satisfacción debida en pago del pecado, originada por un sentimiento de culpa. Todo lo contrario, Kevin se da cuenta de que al final todos sus esfuerzos han sido inútiles; no ha logrado alcanzar los objetivos por los que pasó luchando vehementemente durante toda su carrera. Llegó al mismo resultado al que hubiera llegado si no se hubiera arriesgado nunca.

En este punto, me parece conveniente introducir una idea: en la escala valorativa de Kevin Lomax, las actividades de ejercicio de la abogacía que él desarrollaba no tenían más carga negativa que la que les daba su propio entorno. Pero en su fuero interno, lo que él hacía no era problemático, sino que hasta se convertía en un acto de justicia. Porque, en efecto, era justicia que todos los sujetos tuviesen una defensa adecuada, con independencia de la gravedad y la horripilación de los cargos que les eran atribuidos (como mera acotación marginal, considérese que, en sentido estricto, el nombre de la película está mal empleado, pues la figura jurídica del “abogado del diablo”, advocatus diaboli; tradicionalmente se ha asignado no al defensor, sino más bien al fiscal, al persecutor).

Lomax es el prototipo del nihilista, y no precisamente del hijo pródigo arrepentido que vuelve a la casa del Padre cuando ya no hay más luz en el camino. Como no logró vencer, el otrora eximio jurista se suicida porque ya lo ha perdido todo. Pero de ahí a concluir que si se le diera otra oportunidad las cosas hubiesen cambiado, hay mucho camino por recorrer… Para él tampoco tendría sentido vivir en la estrechez y el anonimato.