Diferencias entre los seres humanos y los homínidos
Tanto los seres humanos como todos aquellos animales que nosotros conocemos indistintamente con el poco preciso nombre de “monos”, y dentro del cual se incluyen gorilas, orangutanes y chimpancés; pertenecemos a la familia hominidae. Los homínidos por tanto, incluyen a los propios seres humanos así como a algunos de los llamados grandes simios; y están caracterizados por algunos rasgos distintivos: la mayoría son ágiles para trepar a los árboles, son omnívoros, conforman las más complejas redes sociales y tienen un comportamiento sexual elaborado que no necesariamente está sujeto a fines reproductivos. En cuanto a sus características morfológicas coincidentes, los homínidos son los primates más grandes, con un peso que oscila de 48 kg a 270 kg; tienen numerosas diferencias con respecto al esqueleto de los otros primates, especialmente relacionadas con su porte vertical; tienen asimismo cerebros relativamente grandes y complejos. Y aunque ya esta no puede predicarse como una característica que esté referida a todas las categorías de homínidos, en un inicio se consideró que un elemento distintivo de esta familia consistía en su carácter de animales bípedos, es decir, la habilidad para sostenerse y caminar con solo dos extremidades; lo cual liberó a las manos para el desarrollo del ingenio y de la laboriosidad.
Sobresalen de la misma forma algunas notables diferencias entre seres humanos y homínidos; pues no debe perderse de vista que la especie humana es solo: una de las tantas especies de la familia homínida, y en cuanto tal, tiene características que verdaderamente la individualizan y la apartan de las otras variedades de primates. Algunas de las principales podemos pasar a describirlas a continuación: los huesos y los músculos del homo sapiens son mucho menos fuertes y pesados que los del resto de los grandes simios, probablemente en consideración de que los humanos, gracias a la invención y al uso de las máquinas, se vieron librados de algunos esfuerzos físicos a los que continuaron sujetos los demás primates. Además de ello, la piel de la especie humana se hizo menos resistente y adaptable a la exposición a la luz solar y a sus radiaciones; y el pelo del cuerpo de muchos seres humanos se empezó a caer paulatinamente, presumiblemente debido al continuo uso de ropajes. En efecto, el pelo de los seres humanos es en general muy poco tupido si se lo compara con el de los otros homínidos, los cuales precisamente tiene una gran cantidad de elementos pilosos en su espalda (completamente al contrario de lo que ocurre con el hombre).
Como algunas diferenciaciones un poco curiosas entre los humanos y los homínidos, encontramos que estos últimos no experimentan un crecimiento sostenido del pelo de su cabeza y de las uñas de sus pies y manos. En los seres humanos, por contrapartida, si bien tales extensiones corporales crecen a un nivel prácticamente imperceptible, se trata este de un proceso que bien podría dilatarse por toda la vida. Una capacidad típicamente humana es la del habla: en las personas, se ha producido un interesante fenómeno, cual es el de que la laringe ha caído a una posición más baja que la que se encuentra en los grandes simios, casi a nivel de la tráquea, lo que ha facilitado a los seres humanos el reacomodo de los sonidos guturales de los primates en pequeñas unidades del habla que poco a poco dan pie al surgimiento de un lenguaje articulado. Bastante enigmática es la cuestión que se presenta con las semejanzas y diferencias genéticas entre homínidos y humanos: a pesar de que el genoma del homo sapiens difiere en solo un 1% del de los chimpancés y en un 2% del de los gorilas, los seres humanos tienen una cantidad menor de cromosomas que los monos. En efecto, los humanos cuentan a su haber solo 46 cromosomas, pero todos los demás grandes simios tienen 48 de ellos. Ello es bastante curioso, y hasta cierto punto se ha intentado hacer ver este dato como una crítica directa a las tesis evolucionistas de Darwin: si es cierto que toda la dinámica de la evolución está encaminada hacia el mejoramiento y la ulterior perfección de la especie, ¿cómo es posible que en este caso más bien haya acaecido una involución? Para contestar de manera lógica y razonada esta interrogante, lo que no debemos perder de vista es que en ningún modo Darwin afirmó nunca que el ser humano había descendido de alguno de los grandes simios por línea directa. Realizando un somero análisis de la cuestión, sostener eso sería un grosero sinsentido, puesto que si los hombres derivasen directamente de algún “mono” por la vía de la evolución, “monos” ya no existieran. Lo que Darwin postuló es que no el hombre no fue creado como tal, sino que evolucionó a partir de otros antropoides emparentados con algunos de los simios actuales.
Sin desmedro de todo lo expuesto, personalmente considero que lo hace al ser humano como una especie en verdad sui generis es su capacidad de consciencia, de darse cuenta de su misma existencia y de poder determinar toda su vida y sus actos en conformidad. No se conoce en todo el mundo biológico un solo ser, aparte del humano, que pueda percatarse de que existe y que puede comprender las cosas. Que se dé cuenta que puede amar y que puede sentir, que puede desarrollar elevados estados de consciencia; pues aunque es evidente que cualquier animal puede sentir y puede amar, ninguno se da cuenta de ello ni reflexiona sobre sus propias vivencias. El ser humano sí puede hacerlo, y por ello él es el ser consciente de la creación; por esta misma razón ha sido llamado por los científicos el homo sapiens sapiens: “el hombre que sabe que sabe”.

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