lunes, 11 de octubre de 2010

¿Se arrepintió el abogado del diablo?

La película “El abogado del diablo” narra un relato en el que se explora la vida de un flamante abogado estadounidense, Kevin Lomax, famoso porque en toda su carrera profesional no ha perdido un solo caso. Lomax es brillante en un ámbito reducido y cuasi pueblerino; no obstante, con prontitud se expande su gran talento para la defensa de algunos sujetos sospechosos de importantes delitos, consiguiendo absolverlos incluso cuando los pronósticos son muy reservados. La fama que empiezan a generar las habilidades del joven abogado, provocan que rápidamente reciba importantes y atrayentes ofertas de empleo, circunstancia esta que va a iniciar a confrontarlo con dilemas éticos acuciantes y de no insospechadas repercusiones.

Le ofrecen a Lomax una importante posición en una gran firma de abogados de Nueva York, famosa no precisamente por su espíritu caritativo o por asumir la defensa de causas “honorables”. El prominente jurista debe empezar por trasladar a su esposa hacia una metrópoli desconocida para ellos, lo que implica un desarraigo total para ella, quien no está de acuerdo con un cambio tan intempestivo. La madre de Lomax, una cristiana entusiasta, sugiere que la ciudad de Nueva York es la representación por antonomasia del pecado en la tierra, la “nueva Babilonia” de nuestros tiempos. Estos intentos de disuasión por parte de su entorno más cercano no surten efecto de cara al abogado, quien se decide finalmente por aceptar la propuesta. Ya en la gran firma, Lomax es atraído por algunos ofrecimientos que cualquier otra persona calificaría como antiéticos, y su vida personal y profesional empieza a experimentar problemas. Poco a poco termina siendo seducido por su jefe, John Milton, quien logra trasladarlo al final hacia su propio reino. Pero en el epílogo de la trama llega a descubrirse que el Milton, el manager de la corporación, es el mismo diablo, y Lomax es su hijo.

Existe una escena del filme que, en lo personal, me llama mucho la atención: cuando la madre de Kevin narra la manera en que conoció a John Milton, con quien engendró al hijo de ambos. Relata ella que le impresionó que Milton  conociera la Biblia prácticamente de memoria. Para el diablo, naturalmente, era una manera de cortejarla, pero personalmente considero que la madre de Kevin tomó este hecho como una importante manifestación de religiosidad de parte del hombre que acababa de conocer. Este simple evento, constituye un indicativo relevante a efectos de pasar a considerar que las nociones de bien y mal son intercambiables, en buena medida, según la óptica desde que se las mire: la señora Milton consideró que el sujeto al que conocía era muy piadoso por el único dato de su conocimiento bíblico (al igual que lo harían muchas personas de hoy), pero estaba completamente “equivocada”.

A pesar de todas las inenarrables tribulaciones y peripecias que se originaron en la vida de Lomax a partir de que él empezó a aceptar ofertas poco convencionales, estimo que en el clímax de los acontecimientos, él no experimentó sentimientos de culpa o de arrepentimiento. Lo que externó fue una simple sensación de derrota y decepción, como cualquier hombre escéptico en el mundo lo haría. Tómese en cuenta de que a lo largo de toda la trama, el connotado abogado de que tratamos mostró muy pocos visos de ser un creyente fanático o un adepto asiduo de algún grupo confesional. Por ende, me parecería impropio y desajustado a la realidad, el calificar que el comportamiento de Lomax hacia el telón de las actuaciones, constituya lo que en teología se ha dado en llamar una “expiación”: una satisfacción debida en pago del pecado, originada por un sentimiento de culpa. Todo lo contrario, Kevin se da cuenta de que al final todos sus esfuerzos han sido inútiles; no ha logrado alcanzar los objetivos por los que pasó luchando vehementemente durante toda su carrera. Llegó al mismo resultado al que hubiera llegado si no se hubiera arriesgado nunca.

En este punto, me parece conveniente introducir una idea: en la escala valorativa de Kevin Lomax, las actividades de ejercicio de la abogacía que él desarrollaba no tenían más carga negativa que la que les daba su propio entorno. Pero en su fuero interno, lo que él hacía no era problemático, sino que hasta se convertía en un acto de justicia. Porque, en efecto, era justicia que todos los sujetos tuviesen una defensa adecuada, con independencia de la gravedad y la horripilación de los cargos que les eran atribuidos (como mera acotación marginal, considérese que, en sentido estricto, el nombre de la película está mal empleado, pues la figura jurídica del “abogado del diablo”, advocatus diaboli; tradicionalmente se ha asignado no al defensor, sino más bien al fiscal, al persecutor).

Lomax es el prototipo del nihilista, y no precisamente del hijo pródigo arrepentido que vuelve a la casa del Padre cuando ya no hay más luz en el camino. Como no logró vencer, el otrora eximio jurista se suicida porque ya lo ha perdido todo. Pero de ahí a concluir que si se le diera otra oportunidad las cosas hubiesen cambiado, hay mucho camino por recorrer… Para él tampoco tendría sentido vivir en la estrechez y el anonimato.

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